jueves, 1 de enero de 2015

Descubierto un proceso que rejuvenece el sistema inmunitario

La activación de los linfocitos puede ayudar a tratar infecciones o cánceres.

David Escors en su laboratorio. 
El sistema inmunitario —las defensas del organismo— también envejece. En concreto los linfocitos T, que son clave en la detección de organismos extraños para su posterior eliminación, van perdiendo sus propiedades con el tiempo, lo que explica, por ejemplo, por qué las personas mayores son más propensas a adquirir infecciones. El proceso por el que esto ocurre ha sido descrito por un equipo liderado por David Escors, del organismo de investigación Navarrabiomed, lo que permite pensar en trabajar para revertirlo. Lo han publicado en Nature Immunology.
El proceso de envejecimiento es más rápido de lo que se piensa. El propio Escors, que midió su sistema inmunitario como parte del trabajo, tenía entre un 35% y un 40% de sus linfocitos T envejecidos a los 37 años, cuando fue analizado (ahora tiene 40).
En el proceso están involucradas varias rutas (el gen p38, la AMPK), lo que ofrece distintas alternativas para actuar sobre ellas. La idea es reactivar el sistema inmunitario para fortalecerlo cuando surge una infección o para activarlo en inmunoterapias contra el cáncer, por ejemplo. De hecho, ya hay fármacos que actúan sobre el p38 (presente en algunos tipos de cáncer).
El AMPK también actúa cuando detecta una bajada de glucosa (el nutriente básico de las células), y activa un sistema de ahorro que reduce las divisiones celulares (y, por tanto, el envejecimiento).Otra opción sería usar una terapia génica para modificar los linfocitos y que perdieran la capacidad de envejecer. Por ejemplo, el sensor metabólico AMPK activa el p38, que, a su vez, hace que no se exprese la telomerasa. Esta enzima es clave para mantener la integridad de la información genética en la división celular, y al inhibirla se impide ese proceso. La consecuencia, al no haber envejecimiento, es que no hay mutaciones (cambios en el ADN que dan lugar a comportamientos anómalos de las células), y se detiene el proceso.
El proceso, sin embargo, tiene otra lectura, y lo importante es encontrar el equilibrio. El envejecimiento de los linfocitos y su consecuente inactivación es un mecanismo de protección ante las mutaciones que hayan podido adquirir. Por eso a la hora de rejuvenecerlos hay que tener en cuenta ese aspecto con sus posibles riesgos (una reacción autoinmune, por ejemplo).

Las bacterias moran en las entrañas de la Tierra

El taladro más profundo halla “intraterrestres” 2,4 kilómetros bajo el fondo marino


El buque japonés Chikyu.
No está resultando fácil hallar vida alienígena en otros planetas, pero a este paso acabaremos encontrándola en el nuestro. El taladro más profundo que se ha introducido nunca bajo el fondo oceánico –en una misión del Programa Internacional de Descubrimiento del Océano, IODP— ha encontrado bacterias a 2,4 kilómetros bajo el suelo marino junto a Japón. Allí abajo no hay mucho que hacer, realmente, y los microorganismos subsisten a base de una magra dieta de hidrocarburos y un aburrido estilo de vida cercano a la hibernación. Pero el caso es que allí están, y quién sabe cuánto más abajo. Ya tienen un nombre: los intraterrestres.
Este viaje microbiológico al centro de la Tierra es solo una de las pistas que la ciencia reciente viene obteniendo sobre la resistencia tenaz de los organismos a unas condiciones que no hace mucho se consideraban incompatibles con la vida. Desde el entorno radiactivo de las centrales nucleares hasta las fumarolas hidrotermales de las dorsales centro-oceánicas por donde emergen los gases hirvientes del infierno, las bacterias parecen estar por todas partes en las que hemos sido capaces de mirar. Los marcianos viven entre nosotros.
Los hallazgos del IODP se han presentado en la reunión de otoño de la Unión Geofísica Americana que, pese a su nombre, se celebra del 15 al 29 de diciembre en San Francisco, y es el mayor congreso del mundo sobre las ciencias de la Tierra y el espacio, este año con cerca de 24.000 asistentes. Los científicos del proyecto de taladro profundo pertenecen a la Universidad de Southern California, Caltech, el Jet Propulsión Laboratory de la NASA, el Instituto de Investigación del Desierto de Nevada (DRI) y el Rensselaer Polytechnic Institute en Nueva York, junto a científicos de dos institucionaes japonesas (CDEX y JAMSTEC).
La expedición 337 del IODP tuvo lugar entre julio y septiembre de 2012, frente a la costa de Shimokita, Japón. El buque japonés Chikyu, cuyo aspecto es vagamente similar a una torre petrolífera, introdujo un “taladro monstruo” –en palabras de los investigadores del IODP— que primero se sumergió a 1.180 metros hasta el fondo marino y después taladró la cifra récord de 2.400 metros bajo el fondo y a través de los estratos geológicos. Las muestras, por tanto, proceden de 3,5 kilómetros bajo la superficie del mar.
En esas profundidades inhóspitas, donde no llega un solo fotón de luz ni una molécula de oxígeno, con una presencia de agua poco menos que residual y muy poco que llevarse a la boca, los científicos han hallado unas bacterias insólitas, pequeñas y esféricas, y además han sido capaces de cultivarlas en condiciones de laboratorio y someterlas a una serie de experimentos microbiológicos.
Para leer más:
http://elpais.com/elpais/2014/12/22/ciencia/1419237060_948814.html

Dos semanas menos de radioterapia

Administrar dosis más altas permite acortar el tiempo de terapia de cinco a tres semanas

El hipofraccionamiento se aplica al 30% de pacientes con cáncer de mama.

Paciente sometida a radioterapia con hipofraccionamiento en el Instituto Valenciano de Oncología. 
Vicenta tiene más de 50 años y un tumor de mama pequeño de buen pronóstico que no ha llegado a afectar los ganglios. Hace cinco años, después de operarle y extirparle las células neoplásicas, debería de haberse sometido a cinco semanas de tratamiento de radioterapia, con sesiones de lunes a viernes. Sin embargo, ahora solo se someterá a los haces de rayos X del acelerador lineal del Instituto Valenciano de Oncología (IVO) durante tres semanas.
La radioterapia contra el cáncer de mama precoz está cambiando. El objetivo consiste en acortar el número de sesiones a cambio de aumentar la intensidad (la irradiación) en cada una de ellas. Esta técnica, denominada hipofraccionamiento, ya se aplica en un 30% de las pacientes, según estima Manel Algara, especialista en oncología radioterápica del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama (Geicam), aunque la tasa óptima debería acercarse al 40%.
Para leer más:
http://elpais.com/elpais/2014/12/19/ciencia/1419018561_379167.html

¿Por qué nuestros abuelos tenían menos riesgo de ser obesos?

Las personas nacidas antes de 1942 parecen inmunes al "gen de la gordura", mientras sus efectos se doblan en generaciones posteriores


Las personas nacidas después de 1942 son vulnerables a los factores genéticos de obesidad 
Mientras las sociedades occidentales se hacen cada vez más obesas, cabe preguntarse si cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿Antaño la gente era más delgada? ¿Tienen nuestros abuelos o padres el mismo riesgo que nosotros de ser gordos? Responder a estas preguntas no es fácil. Muy pocos países acumulan datos suficientes como para observar en acción, durante varias generaciones, a los dos determinantes de la obesidad: factores externos como la dieta o el ejercicio físico, por un lado, y la genética, por otro. Ahora, gracias al seguimiento médico de miles de personas durante casi 40 años, un equipo de EE UU ha determinado que hay un tercer factor esencial en la obesidad: el año de nacimiento.
El trabajo intenta explicar el espectacular aumento de la obesidad en las últimas décadas en EE UU, donde este problema se ha cuadruplicado en generaciones jóvenes. España sufre una situación similar y aquí también se han duplicado las tasas de niños y adultos obesos. Los responsables del estudio se centran en el gen FTO, el mayor factor de riesgo genético conocido a la hora de ganar peso.Hasta ahora, varios estudios habían demostrado que una variante de este gen le da al portador unos tres kilos más de media y un mayor riesgo de acabar siendo obeso. Pero el nuevo estudio muestra que esto solo es verdad en las generaciones más recientes y que hay una frontera temporal bien establecida. Las personas nacidas antes de 1942 parecen inmunes a los efectos genéticos de la obesidad a pesar de tener el gen de la gordura.
“La correlación entre la variante genética de obesidad más conocida y el índice de masa corporal crece a medida que aumenta la fecha de nacimiento”, detalla James Niels Rosenquist, médico del Hospital General de Massachusetts y coautor del estudio, publicado en PNAS. Esto parece indicar, por primera vez, que la fecha de nacimiento es una variable más en la ecuación entre genética y entorno cuando se trata de buscar las causas de la obesidad y, quizás, de otras enfermedades, añade Rosenquist.
Los autores del estudio creen estar ante un caso de manual de cómo el ambiente cambia la expresión genética, aunque no pueden determinar la causa exacta. Sí apuntan al cambio radical que supuso el final de la II Guerra Mundial. “Sabemos que el ambiente juega un papel enorme en la expresión de los genes y el hecho de que el efecto que hemos visto se dé incluso entre hermanos nacidos en años diferentes implica que factores ambientales globales como el cambio en los productos alimentarios y el volumen de actividad en el trabajo influyen en las variantes genéticas”, añade Rosenquist.
Para leer más:
http://elpais.com/elpais/2014/12/30/ciencia/1419965912_792144.html

lunes, 8 de diciembre de 2014

Una isla con el agua al cuello


Una casa rodeada por mar en Tangier, EEUU.
Una casa rodeada por mar en Tangier, EEUU. 


La lápida de Margaret Pruitt está semienterrada por las piedras y la arena de la playa. Aunque erosionado por el mar, su epitafio es aún legible bajo el sol de la mañana de otoño: «En el silencioso cementerio bajo la hierba y el rocío / Nunca olvidada ni un momento / En nuestra tristeza pensamos en ti». Debajo, la fecha de nacimiento de Pruitt, el 2 de abril de 1836, y la de su muerte, el 2 de diciembre de 1901. A un par de metros, y como a un palmo de profundidad, hay otra lápida: «En memoria de nuestra querida Polly J. Parks. Nacida el 19 de octubre de 1876. Fallecida el 1 de diciembre de 1913».
En la isla de Tangier, a 150 kilómetros exactos en línea recta de Washington, el mar no trae tesoros o sirenas, sino lápidas. Son lápidas de la propia isla, arrancadas de sus cementerios a medida que el nivel de la Bahía de Chesapeake -un brazo de mar tan grande como Andalucía y Extremadura juntas- sube por la acción del cambio climático. Dos de los tres pueblos que formaban Tangier han sido tragados por el mar, y el cuarto y sus 470 habitantes se apiñan en unas docenas de casas dispersas por las 33 hectáreas de la isla que aún son habitables, y que aún así son inundadas por las mareas altas, una o dos veces al mes.
Tangier, con sus miles de aves acuáticas, millones de cangrejos y -en verano- billones de mosquitos capaces de atravesar un vaquero de un picotazo, es el frente de batalla del cambio climático. A Tangier le quedan unos 70 años de existencia, más o menos lo mismo que a países como Maldivas, en el Océano Indico, o Kiribati, en el Pacífico.
El agua pasa sobre uno de los puentes de la isla. 
Las lápidas de Pruitt y Parks están en el extremo norte de Tangier, en una playa salvaje en la que termina una de tantas marismas que forman lo que es la isla. Hasta los años 60, aquí empezaba un bosque que se adentraba en lo que ahora ya es mar. Hoy no queda ni un árbol. Para que las águilas pescadoras nidifiquen, han tenido que poner un poste de madera con una plataforma. Es uno de tantos problemas causados por la subida del mar. «Las aves cada año tienen más problemas para hacer sus nidos en la Bahía, porque el mar se va tragando las marismas», explica, por teléfono, el hidrólogo Jack Eggleston, del Servicio Geológico del Departamento del Interior de Estados Unidos y experto en la subida del mar en la región.
Junto al poste, con su nido vacío, están las tumbas, a la sombra de una casa prefabricada metálica e inclinada que se balancea justo en la línea de marea. Es todo lo que queda de un refugio que usaban los cazadores que iban al bosque, que hoy es un cementerio marino. Es el inicio del otoño, y una docena de mariposas monarca cruza la playa volando en fila india en su migración de 3.500 kilómetros de Canadá hasta México.
El verano pasado, un turista llegó al pueblo de Tangier, donde viven los últimos habitantes, con lo que pensaba que era el cuerno de un ciervo que había encontrado en la playa. Pero allí los animales más grandes son los gatos asilvestrados y las nutrias. No era un cuerno de ciervo, era una costilla de un ser humano.
«En Tangier nos estamos quedando sin tierra para los vivos y para los muertos», dice James Eskridge, alias Ooker (léase úuker, un mote que recibió de niño por imitar el canto de los gallos). Lo dice sin melancolía, con el acento de Tangier, que convierte a esta isla en un paraíso para los lingüistas, ya que se habla una variante del inglés que no existe en ningún otro lugar del mundo.
También lo dice con cierta autoridad. Porque Eskridge -piel tostada por el trabajo en el mar, bigote, gorra con un pin con las banderas entrecruzadas de EEUU e Israel y camisa azul de cuadros sobre un cuerpo grande, forjado en el trabajo de pescador y mariscador- es, desde hace casi una década, el alcalde de Tangier. En ese tiempo, la isla ha perdido el 21% de su población y alrededor de 40 hectáreas de su superficie.
En Tangier los cementerios están entre las casas. Eskridge hace su reflexión frente a un camposanto formado por unas 20 tumbas con la disposición clásica de los cementerios en EEUU: pequeños túmulos que se alzan sobre el césped y lápidas cuyo color gris destaca sobre el verde de la hierba, ocupando un espacio menor que una cancha de baloncesto.
Una lápida en el agua. 
Detrás del cementerio está la torre de agua. Es una estructura de seis patas de metal azul de unos 15 metros de alto, con un depósito circular sobre ellas. Desde el cementerio, en el lado Este de la isla, se ve dibujado en ella un cangrejo. Desde la casa de Eskridge, en el Oeste, se ve una cruz.
La cruz y el cangrejo son los dos símbolos de Tangier. Cruz y cangrejo, naturaleza y ser humano, llevan luchando aquí desde que en 1608, el capitán John Smith -el mismo que llevó a Pocahontas a Gran Bretaña- llegó desde la vecina Jamestown, la primera colonia británica en EEUU y en el mundo. Ahora, esa guerra de cuatro siglos se aproxima a su fin. En unas décadas, lo único que quedará visible de Tangier será esa torre del agua, con su cangrejo y su cruz.
Cerca de Tangier, en la zona que rodea a la mayor base naval del mundo, Norfolk, el nivel del mar crece entre 3,2 y 4,7 milímetros anuales, según el estudio Subsidencia y subida del nivel del agua en la Región Sur de la Bahía de Chesapeake, dirigido por Eggleston. Esas cifras suenan infinitesimales. Pero 4,7 milímetros anuales en un siglo es casi medio metro. Y en Tangier, el punto más elevado está a 1,22 metros: es uno de los siete puentecitos que cruzan los brazos de mar que cada día penetran un poco más en la isla y que la convierten en una Venecia rural con aire colonial que parece explotar de coquetería en su agonía.
En la zona estudiada por Eggleston, gran parte de la subida del agua es, en realidad, hundimiento del terreno o, en términos científicos, subsidencia, debido a la extracción de agua subterránea. Pero en Tangier el peligro radica en la subida del mar. «En esta zona de la Bahía en particular, la subsidencia no es tan grande como en las áreas costeras, porque en la islas apenas hay extracción de agua», explica Eggleston.
Paradójicamente, en Tangier no hay sistemas de medición del nivel del mar. Y es que no creen en el cambio climático. «Yo pienso que el mar no está subiendo. Lo que necesitamos es que nos dejen pescar más cangrejos y un remedio contra la subsidencia», dice el alcalde Eskridge. Ooker demanda «un muro que nos proteja del mar, como el que ya existe en la parte Oeste de la isla».
Un banco cubierto por el agua en un antiguo parque de Tangier. 
La tesis de Eskridge coincide con la de sus vecinos y votantes en este pequeño Macondo estadounidense en el que los móviles no tiene cobertura, pero en cuyo aeropuerto aterrizan, según los vecinos, helicópteros sin insignias ni identificación que no hacen ruido al volar -como los que se usaron para matar a Bin Laden- y que está situada frente a la base de la NASA de Wallops, desde la que se lanzan más naves espaciales que desde Cabo Cañaveral.
En esta cultura, el cambio climático no existe. «Cuando la Unión Soviética se desintegró, las estaciones meteorológicas de Siberia empezaron a dejar de funcionar poco a poco. Pero los rusos no dijeron nada, y cada año enviaban a los organismos internacionales datos que indicaban una subida de la temperatura en su país. En realidad, no es que las temperaturas subieran, sino que ellos no medían las temperaturas en Siberia. Los casquetes polares nunca han sido tan grandes como ahora», sostiene Jim, otro vecino de edad similar a los 56 años de Eskridge, a las puertas de su casa. Tras él está un espectacular rosal de más de 100 años al que el mar inunda una o dos veces al mes. Enfrente, uno de los canales de la marisma, cruzado por patos y garzas. Al fondo, el depósito de agua.
No solo la cruz es importante en Tangier. También la Estrella de David. Muchas de las casas de la isla tienen en el porche las banderas de EEUU e Israel. Eskridge ha pintado en su bote una Estrella de David -que también tiene tatuada en el brazo- y una silueta de un pez como las que hay en los altares de las iglesias.
Sin embargo, el cangrejo va a imponerse a la cruz. El mar ha dejado a la isla sin árboles. La mayor parte del paisaje es una gran pradera acuática solo accesible en bote. Otros dos islotes vecinos que estuvieron conectados a ella hasta la década de los 40 están hoy separados por cientos de metros de mar. En este tiempo, Tangier ha perdido la mitad de su superficie. Y el proceso se acelera.
La agricultura dejó de practicarse hace 60 años. Algunos vecinos tienen huertos de no más de cuatro metros cuadrados, sobre pequeños promontorios que han construido acumulando tierra y que protegen con tablas de madera para que el mar no se los lleve como a las tumbas. La única actividad posible hoy es la pesca y el marisqueo, llevadas a cabo por gente como Eskridge: los watermen (hombres del agua).
Todo eso está condenado a desaparecer. Incluso aunque las autoridades hicieran algo, su destino parece que será el del vecino islote de Holland, que desapareció hace cuatro años, en este caso más por la erosión que por la subida del mar.
En Holland, el pastor protestante Stephen White trató, en una epopeya propia de una película de Werner Herzog, de mantener en pie una casa en medio del mar hasta que éste acabó llevándosela. White, que era también un waterman, se lanzó a su empresa quijotesca un día que encontró una tumba a punto de ser llevada por las aguas. Era de una niña llamada Effie Wilson que había muerto en 1893, a los 12 años. Su epitafio empezaba diciendo: «No me olvidéis, es todo lo que os pido».

Ricardo III reta a la corona británica 529 años después de muerto


El hallazgo de una ruptura en la línea masculina de sucesión plantea "interesantes conjeturas" sobre la legitimidad de la línea sucesoria, hasta la propia Isabel II



Ricardo III, retratado en el imaginario colectivo como un odioso déspota por William Shakespeare, no parece dispuesto a dar tregua a su país ni siquiera 529 años después de muerto. Un estudio publicado en la revista Nature Communications esta semana confirma “al 99,999%” que los huesos encontrados hace dos años, enterrados bajo el aparcamiento de un edificio municipal de Leicester, son los del último rey inglés muerto en combate. Se cierra así la investigación forense más antigua de Reino Unido. Pero el cierre lleva una pequeña bomba de regalo: el hallazgo de una ruptura en la línea masculina de sucesión que, según el profesor de Historia de la Universidad de Leicester Kevin Schurer, codirector de la investigación, “plantea interesantes conjeturas sobre la legitimidad de la sucesión” hasta la propia Isabel II.
Ricardo III ascendió al trono en 1483, tras la muerte de su hermano Eduardo VI. En solo dos años de reinado, puso patas arriba a su país. En la versión de Shakespeare, llegó a matar a sus sobrinos para poder reinar, aunque la historia solo certifica que desaparecieron. Mató a diestro y siniestro para conservar el poder, hasta que una rebelión lo tumbó a los 32 años en la batalla de Bosworth en 1485. Su muerte, luchando sin casco y a pie –“¡Mi reino por un caballo!”, clama el personaje de Shakespeare-, marcó el fin de la dinastía Plantagenet y el principio de los Tudor, con quienes la actual reina tiene lazos de sangre.
Desde que en 2012 se encontró un conjunto de huesos bajo un aparcamiento en el centro de Leicester, en lo que en su día fue la iglesia de Greyfriars, donde cuentan las crónicas que se enterró sin mucha pompa al último rey de York, un equipo internacional liderado por la Universidad local ha estado realizando exámenes genéticos para tratar de confirmar la presunción inicial de que se trataba de los restos del monarca.
Ricardo III murió sin descendencia que le sobreviviera, por lo que la investigación genealógica tuvo que ir hacia atrás en el tiempo antes de descender a sus parientes vivos. Muestras de ADN de sus huesos se cotejaron con las de donantes vivos, familiares del actual duque de Beaufort, descendiente de los Plantagenet y de los Tudor.
Cuando investigaron la línea paterna  descubrieron algo inesperado: el ADN no se correspondía con el de sus parientes vivos
La investigación de los genes mitocondriales, heredados por vía materna, demostró de manera concluyente que se trataba de Ricardo III. Pero cuando investigaron la línea paterna (cromosomas Y) descubrieron algo inesperado: el ADN no se correspondía con el de sus parientes vivos. Lo cual revelaba que en algún punto de la historia una relación adúltera había roto la cadena de sucesión. Es decir, alguien fue hijo ilegítimo sin saberlo.
Resulta casi imposible determinar en cuál de los 19 eslabones de la cadena de sucesión investigada se produjo el adulterio. Pero si el hijo ilegítimo fuera Juan de Gante (vástago de Eduardo III) o su hijo Enrique IV, eso podría afectar de rebote a los derechos sucesorios de los Windsor, parientes de los Tudor. Además de que podría haber tenido, de haberse conocido en su tiempo, importantes consecuencias en el destino de Inglaterra: sin su reivindicación dinástica, a Enrique VII le habría costado reclutar un ejército para derrotar al propio Ricardo III en la batalla de Bosworth.
“Si Juan de Gante no fuera realmente hijo de Eduardo III, Enrique IV no habría tenido derecho a reclamar el trono, y tampoco Enrique V, Enrique VI, ni, indirectamente, los Tudor”, explicaba Kevin Schürer, profesor de la universidad de Leicester. “Pero estadísticamente es más probable que la ruptura se produjera en la parte más baja de la cadena”. En cualquier caso, tratar de comprobar dónde se produjo la ruptura requeriría exhumar algún que otro cadáver, lo cual no parece probable que vaya a suceder.
Resulta casi imposible determinar en cuál de los 19 eslabones de la cadena de sucesión investigada se produjo el adulterio
La investigación ha arrojado otras conclusiones no menos inesperadas. Que el rey no era jorobado, como lo retrató Shakespeare, sino que padecía escoliosis es algo que se vio fácilmente al reconstruir la columna en tres dimensiones con las vértebras halladas. De hecho, no parece que fuera “tan tullido y desfigurado” que hasta los perros le ladraban, como decía el bardo de Avon, sino más bien apuesto. Los nueve rotos en el cráneo indican, por otro lado, que no convenía perder el casco en plena batalla medieval, como le debió de suceder a él. Y los análisis genéticos parecen indicar, al contrario de lo que se creía, que el rey era rubio y de ojos azules (o tenía predisposición en sus genes para ello). Así que tal vez Al Pacino, que documentó su obsesión por meterse en el personaje shakespeariano en Looking for Richard(1996), no era realmente el actor más apropiado. Al menos, genéticamente.
Lo que sí parece claro es que sus restos descansarán para siempre en la catedral de Leicester, después de que el Tribunal Supremo británico desestimase, el pasado mes de mayo, las pretensiones de unos supuestos descendientes, agrupados en la llamada Alianza Plantegenet, de que sus restos fueran trasladados a York, donde vivió más tiempo. Se cerraba así la penúltima batalla de Ricardo III.

El azúcar que toman los padres puede hacer obesos a sus descendientes


Un estudio realizado en moscas de la fruta apoya la hipótesis de que los hábitos de un individuo durane su vida pueden afectar a la salud de las generaciones posteriores


Un hombre obeso, en una centrica calle de Londres. 

Concebir entre científicos incluye quebraderos de cabeza adicionales. Cuenta medio en broma la investigadora Tanya Vavouri, ahora embarazada, que cuando decidió tratar de tener un hijo, le advertía a su pareja de que no tomase demasiado alcohol y tratase de comer sano. Vavouri, que lidera el grupo de regulación genómica del Instituto de Medicina Predictiva y Personalizada del Cáncer en Barcelona, es una de las autoras de un estudio que puede acabar ampliando a los futuros padres las restricciones saludables que por ahora solo aplican a las embarazadas.
En un artículo publicado en la revista Cell esta semana se muestra que incrementar el azúcar en la dieta de moscas de la fruta macho uno o dos días antes de la cópula puede provocar obesidad a las crías producidas en ese acto sexual. El equipo de científicos, liderado desde el Instituto Max Planck de Inmunobiología y Epigenética en Alemania, muestra que este exceso de azúcar cambia la expresión genética del embrión haciéndole más propensos al engorde. Normalmente, la influencia se había observado a través de la alimentación o los hábitos de las hembras, pero no de los machos, de ahí parte del interés de este estudio.
La clave de estos cambios se encontraría en los mecanismos epigenéticos, que modifican la actividad de los genes sin cambiar la secuencia heredada de los padres. “Para decirlo en términos de computación, si nuestros genes son el hardware, nuestra epigenética es el software que decide cómo se emplea ese hardware”, ha explicado en un comunicado Anita Öst, investigadora de la Universidad de Linköping que participó en el estudio. “Parece que la dieta del padre reprograma el software epigenético de manera que los genes implicados en la producción de grasa de sus hijos se encienden”, ha añadido.
Los hijos de mujeres que pasaron hambre durante la guerra tenían más riesgo de obesidad 
Vavouri reconoce que los efectos de estos mecanismos epigenéticos en las generaciones posteriores son muy suaves y aún no se entienden demasiado bien. Sin embargo, los resultados tienen similitudes con otras observaciones realizadas en algunos estudios con humanos que sugieren que los hábitos o las vivencias de una persona pueden transmitirse no solo a los hijos sino incluso a los nietos.
Un estudio sueco, por ejemplo, mostró que un exceso de comida en la dieta de un hombre durante su infancia estaba relacionado con la mortalidad por diabetes de sus nietos y en una línea similar, se ha encontrado una relación entre la hambruna sufrida por mujeres durante la segunda guerra mundial y un mayor riesgo de obesidad en las dos generaciones posteriores. Otro artículo más reciente, apuntaba también a que los hijos de hombres que fumaban antes de la adolescencia tenían un mayor riesgo de obesidad.
La dificultad para realizar grandes estudios controlados en humanos, requiere el uso de modelos animales como las moscas utilizadas en el estudio publicado en Cell o ratones, otra especie en la que estudian los efectos de la alimentación o los vicios de los progenitores sobre la salud de las crías. Aunque los resultados obtenidos en animales se deban tomar con cautela a la hora de sacar conclusiones sobre el funcionamiento de los humanos, los autores del trabajo han encontrado pruebas de que el mecanismo que regula la susceptibilidad a la obesidad en moscas tiene una versión similar en ratones y humanos.
Otro de los misterios que aún quedan por resolver en este campo incipiente es el motivo por el que tanto el exceso de comida como su falta incrementa el riesgo de obesidad en las generaciones posteriores. En el segundo caso, parece que los cambios hacia una mayor propensión a la obesidad pueden tener sentido como forma de adaptación a lo que el organismo interpretaría como una etapa de falta de alimentos que también le podría afectar, pero esa interpretación no serviría en el primer caso.
El mecanismo que regula la obesidad en moscas tiene una versión similar en humanos
Si estos hallazgos se confirmasen y se pudieran aplicar también a humanos, incrementaría el peso de la responsabilidad de los padres sobre sus hijos e incluso sus nietos. Pero igual que lo que se hace durante un periodo de la vida anterior a la fecundación puede malograr una buena genética para las crías, los hallazgos sobre epigenética sugieren que nada tiene por qué ser del todo definitivo. Un cambio en los hábitos individuales podría compensar con modificaciones positivas en el software epigenético los rasgos negativos heredados. Ciencia contra el fatalismo.